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Perdon-gracias y se sigue
CAPÌTULO III
De nuevo con su pesada maleta caminaba calle abajo y después de atravesar el antiguo casco amurallado que solo se accedía por siete puertas llegó con un cuarto de hora de avance a la salida prevista de su tren. Lejos iba quedando Zamora y su catedral del Siglo XII y al alejarse el tren sólo se destacaba su torre y su cimborrio.
El tren dejo atrás la capital para de nuevo abarcar con la vista la plana meseta de Castilla y al avanzar la mañana el habitual calor de la meseta sé hacia insoportable. Para pocas horas después el paisaje fue cambiando al penetrar en esa Galicia húmeda y perpetuamente verde. Pero era en sus continuos desniveles que desde del tren, se divisaban esos pequeños y encantadores valles; para después de atravesar varios túneles el tren chirriar sus frenos y detenerse en la estación de Ourense/Orense.
Esta ciudad en el noroeste de España, es a la vez capital de la provincia que lleva su mismo nombre y se halla situada en el centro de una región fundamentalmente agrícola aunque la actividad principal de la ciudad es de carácter administrativo. Sus manantiales de aguas ricas en azufre (donde toma su nombre) han sido utilizados desde los tiempos de romanos. Orense, como todas las capitales cuenta con una catedral románica con posteriores ampliaciones góticas, ambas del siglo XIII y un bonito puente sobre el río Miño.
Al salir de la estación, José dio un vistazo a la acera que dominaba el bulevar, y su primera impresión fue que como siempre se hallaba repleta de curiosos y todos ellos sentados en las terrazas de la media docena cafeterías que con disimulo observaban a los recién llegados. Mientras los vendedores ambulantes pregonaban con voz achicada sus productos de dudosa pertenencia. José siguió su marcha a lo largo del bulevar, mirando los diferentes escaparates de las tiendas sin prisa, dado que su autobús tenia su salida dos horas después de la llegada del tren.
Él conocía bien la estación de autobuses, porque en sus años pasados en el liceo de la capital, recorrió este trayecto habitualmente. Al subir al autobús, José reconoció a su amigo Juan Sánchez, un mocetón grave, de carácter áspero que estudiaba en Madrid. A Juan lo conocía muy bien dado que vivía muy cerca de sus abuelos y, además, lo había tratado desde muy niño. José se sentó a su lado y sin dejar de observar su rostro demacrado, intento preguntarle por su salud, a lo que Juan, evito responder a lo largo del trayecto.
Es verdad que los años trajeron a Juan modificaciones en su familia, pues su madre murió de repente. La encontraron tendida sobre un surco de sus tierras, con una herida en la cabeza, que achacaron a su padre y por lo que tuvo que estar largos años en la cárcel. El señor Juan que era como se le conocía, al parecer escribía a menudo a su hijo, desde la cárcel; pero su hijo no llegó nunca a perdonarle y se hablaba que Juan en Madrid gastaba los dineros de la familia en malas compañías.
Al recordar los problemas de otras familias en este periodo del pasado, José sonrió amargamente y se burlo de su pesimismo familiar. Todo el trayecto su amigo Juan tuvo una actitud poco comunicativa por lo que termino por hablar de cosas sin importancia y más tarde por otros amigos supo que Juan era un enfermo de Sífilis o de otra cosa peor.
Ante la falta de dialogo por parte de su amigo, José fijó su atención en el paisaje homogéneo, que con sus altiplanos de horizontes suaves, que forman lo fundamental de las unidades morfológicas de este terreno. El sur de la provincia está dominado por materiales como la cuarcita y la pizarra conformando una superficie muy rugosa y de apariencia serrana, culminando en la Serra de San Mamede que son los picos del mismo nombre a 1.618 metros alcanzando la mayor cota y Serra do Burgo a unos 1.200 metros hacia el este. Ambas se incluyen en ámbito de espacios protegidos y junto a estas dos unidades se desarrolla el sistema de afluentes que, en su descenso hacia los embalses de Norte, Edrada y Leboreiro drenan el altiplano. Por lo contrario, las tres cuartas partes del terreno forestal se concentra en la mitad meridional, más agreste y en cuyas cimas aparecen grandes extensiones de matorral. Siendo aquí, donde la conjunción y juegos de profundos valles encajados y fuertes elevaciones confieren al paisaje un mayor dinamismo, un aspecto más enérgico y contrastado. La cambio estacional en esta región es frecuente y entre las cumbres blancas invernales, la mayor variedad tonal son los verdes de la primavera y de verano. Después cerró los ojos, imaginándose entre los prados de alfalfa revolcándose a su capricho como cuando de niño jugaban volteándose en sus laderas y adormecido en sus infantiles sueños abrió sus ojos cuando el conductor anunciaba ya la llegada a Montederramo.
Este terminó municipal, está situado entre los diez de mayor extensión de la provincia de Orense y entre la orografía de las Sierras Centais y el río Sil. Montederramo, a lo largo y ancho de su municipio cuenta con 13 parroquias. Este municipio esta rodeado de alta montaña y en su núcleo configurado se halla en torno a una gran plaza. Que es donde se halla el ayuntamiento, no obstante sus habitantes se trasladan habitualmente a la capital provincial, distante 45 kilómetros para la mayoría de los asuntos burocráticos y comerciales.
Al salir del viejo casco del pueblo, de pronto se halló frente a un extenso rosario de oscuras casuchas y a su derecha un viejo pescador como una momia acartonada parecía bailar, a causa del fuerte viento que zarandeaba su amplío impermeable amarillo. No obstante el viejo que parecía perder su vista en las rojizas aguas del río, sin importarle el viento terminó colocándose de cuclillas y sin dejar de chupar la pipa con fuerza se hecho la gorra sobre la frente.
Había llovido fuerte en Montederramo esa noche, y de las Serras de Mamede y do Burgo, el río Mao venia crecido aunque a lo lejos se debilitaban sus aguas al entrar en los embalses de Endrada y Leboreiro. Cerca de la entrada de la casa de sus abuelos, ya vio a su abuela Asunción recogiendo con voz recia los animales domésticos que se movían con libertad por el prado que rodeaba la vivienda. – ¿Eres tú, granujilla?. – ¡No te esperábamos, pues pensamos que pasarías más tiempo con tu tío Francisco!. – ¿ Creo mocoso que lo que pasa es que no puedes pasarte de tus abuelos y sobre todo de tus amistades femeninas de Montederramo?. La abuela que miraba y admirada al mocetón de su nieto, después de su habitual fuerte abrazo, sonrío guiñando los ojos maliciosamente.
Era una satisfacción encontrarse de nuevo en su casa. ¡Cómo amaba él aquella buena familia que tantas veces le habían fortalecido en los momentos de desaliento!. La abuela le pidió después que se sentara en el banco de piedra con ella para que le contara todos los pormenores de su instancia en la Universidad de Salamanca. El abuelo llegó poco después medio encorvado y sin dejar el veneno del tabaco entre sus labios y que estaba acabando con su precaria salud.
De su abuelo, después también hubo besos y abrazos. – ¡Vaya, vaya! ¡Qué sorpresa!… ¡Cuánto me alegro de verte de nuevo!. Dijo secándose con el pañuelo sus lagrimas. Y poco después, no tardo en llegar la cariñosa vecina de al lado, de la que recibió con expresión infantil los dos besos sonoros que ella estaba habituado a darle. – ¡Cómo la quiere a usted este chico! – dijo su abuela.
–No puedo quejarme de su nieto, José es muy bueno… Cada vez deben de estar ustedes más orgullosos de él… ¡Qué guapo es!. – Es el vivo retrato de su madre… pero por lo contrario de mi hijo vicente; cada vez estoy más preocupada por él. Estas palabras debieron de halagar mucho a sus abuelos pues correspondieron a ellas con una prolongada sonrisa.
–Oiga usted, señora Ramona; tengo entendido por mi abuela, que Vicente le da muchos disgustos.
– Así es hijo, no solo él, sino muchos jóvenes del pueblo. Ya iras hijo viéndolo con tus propios ojos; pero… ¿qué quieren ustedes?. Debe ser cosa de su edad, pues a la juventud de hoy dicen que hay que dejarla divertirse y todo pese a que están perdiendo ellos solos la salud. Después se limito a callar y su forzada sonrisa de extremada bondad, dibujaba en su rostro la ignorancia estúpida de una madre, que sigue admirando como parte de su ser, a un hijo que se halla a los limites de su perdición.
– Estoy muy triste, José, muy deprimida, estoy deseando que hables con él, a ver si me lo convences que quite esas compañías. José sonrió con un punto de amargura.
–No se preocupe, lo are y la doy un beso señora Ramona. A estas palabras consoladoras, la señora sonrió también, no habló pero se acerco a él y se dejo besar.
–Señora estoy tan apenado como usted, en el autobús he visto a Juan Sánchez el de María, la que murió asesinada y me asustó mucho.
¡Ay, santo Dios! ¿Qué habré hecho yo para tener que cargar con semejante cruz?.
¿Sabes Hijo, que mi hija Elena, la que es más joven que tú, también se me droga?.
Estos perros contrabandistas, nos los están matando a todos. Antes, los hijos de su madre, pasaban café y tabaco; pero ahora, los maricones, (perdona José) pasan la droga, ese veneno que nos los esta matando. Y después llevándose las manos a los ojos, Ramona rompió a llorar con desconsuelo.
Al otro día por la tarde con el fin de abrazar su tía Irene, se acerco al pueblo; pero llevaba lloviendo todo el día y aquí el mejor refugió de la gente son los sopórtales de la plaza mayor. Su tía vive en un segundo piso y, desde los ventanales de su balcón domina a la perfección toda la plaza y pese a que no sabe latín, para todos tiene su propia letanía, pues desde su atalaya no se escapa bicho viviente de su acústico control y por eso José para sí mismo penso: «Si, señor, yo creo que tampoco sabría hacer ni ir a ningún otro sitio. Además, todo los entierros pasan por la plaza y alguien tiene que llevar la cuenta de los muertos y si no quien va a contabilizar las vidas que el tiempo va segando y, además, si alguien quiere saber otros cosas ella siempre tiene una historia nueva que contar. Si ella no sabe leer ni escribir, pero lo adivina todo: los amores secretos, así como los desamores y sus consecuencias; nadie en Montederramo escapaba de la vista de su atalaya ni de su insaciable sed de curiosear la vida de los demás».
De su tía reconoce que fue muy buena con él, y a la vez hacia un licor de café como nadie, como también unas rosquillas que te chupas los dedos: – ¿Tía usted piensa que va seguir lloviendo mucho tiempo?.
Sobrino no lo sé, pero a mí lo mismo me da ya que siempre estoy aquí encerrada, dado que tu tío siempre esta en la taberna borracho y con ese dichoso fútbol. Aunque a mí también me gustaría que saliera el sol, no crees. ¿Bueno José, no vendrás también a preguntarme por esa “señorita” que no sé como se llama y pese a que cada vez lo tengo en la punta de la lengua no llego a recordar su nombre?… ¡Si ahora me acuerdo, se llama Filomena. ( La que trabaja en la centralita de correo). ¡Si José, yo lo sé todo!. ¡Esa mujer es una furgia!. Y después de ti, siempre hay otro y andan diciendo que va pegando ladillas a todos los mozos y estoy segura que algún portugués se ha ido bien servido, aunque eso yo sé que es un mal menor, ya que muchos de tus amigos han muerto o están enfermos del Sífilis o de algo peor.
Vuelve con Vicenta la hija del veterinario, es buena chica y aunque no es muy guapa, tiene unas mamas capaces de dar leche a todo un colegio. ! También hay otra que me pregunta mucho por ti, que se llama Rosario, que aunque parece mujer precavida; se dice que ya de muy joven debió de ser igualmente dadivosa, hospitalaria, cachonda y amiga de parrandas y amores fáciles.
Llueve con cierta intensidad, sobre la plaza mayor de Montederramo, pero su tía Irene sigue en su puesto de vigilancia. – José, desde aquí veo como a tus amigos van llegando uno a uno a la cafetería del tío Gamuxo y pienso que ellos no deben saber todavía que estas en el pueblo.
– Tía déjese usted de coñas, que a veces pienso que usted siempre esta tirando puntadas y, además, lo hace muy bien.
–José, debes saber y ahora va en serio que el demonio anda suelto por este pueblo.
– ¿Tía cuantas veces tengo que decirla que el demonio no existe?
– Pues yo creo que si, pues desde hace unos años los jóvenes están demacrados y por sus malos pasos la fatalidad está segando muchas vidas. Además, te voy a decir una cosa que todo el mundo sabe y que tú no porque no paras por aquí. Recuerdas, al hijo de la tía Margarita, el que jugaba de portero en el equipo de fútbol que se llamaba Benanció, pues murió de una sobre dosis de ese veneno que lo llaman coca y también su hermana la pobre de Lorena no durara mucho. Esa es la verdad, pero en fin yo creo que su familia hizo lo que pudo, al dejarla en un buen hospital y todo pagado. Al parecer es ella quien ha contaminado a casi todo el equipo, de una enfermedad que dicen que viene del extranjero y no se como la llama; pero te aseguro que es mortal. Antes las familias estaban muy unidas, pero mira esta familia donde misma otra de sus hermana que no se parecía mucho a ella, terminó fumando porros y aceptando proposiciones al catre.
Buen sobrino, serán pocas las precauciones que tendrás que tomar y yo lo único que puedo hacer es rezar todas las tardes un rosario para que el Señor te ayude. –No, no, descuida tía que yo ya estoy bien informado y, por tanto, atento a todas estas cosas.
–¿Dónde aprendiste?
–¡En la universidad, que es donde te preparan y te enseñan ha hacer frente a la vida!.
–No obstante sobrino, serán siempre pocas las precauciones que tomes.
–Bueno tía dejemos esto, ya que a mí me preocupa otras cosa y por eso le diré que estuve hablando en Zamora con tío Francisco y con María la buena de su sirvienta. ¡Y sabe y yo no estoy de acuerdo con lo que él tío dice que todas las madres van al cielo derechas/! Pero yo tía sigo interrogándome y le diré que no todas las madres son buenas y sobre todo las que abandonan a sus hijos. Tía, a mí me parece que no hablo latín, para que no se me entienda, no cree y, además, la buena de María me dijo que usted es la persona mas adecuada para aclarar el misterio de mi madre.
–¡Ay hijo, qué cruz me mandó Dios Nuestro Señor con los amores prohibidos de tú madre!. ¡Pero a la vez yo pienso que si Dios lo quiso así, será por que no pudo escapar del embrujo del amor!.
–¿No la entiendo- tía?.
–¡Anda! ¿Y por qué lo ibas a entender?. Hay muchas cosas que no se entienden sobrino, y ante eso no-queda más que aguantarse. Un día los justos recibirán su recompensa, mientras los “pecadores” caerán en la horrible caldera de Pedro Botero y, mismo yo, no creo que los servidores de la Iglesia que hayan pecado tengan las puertas abiertas del cielo.
–¿Pero tía que quiere contarme con esto, sea usted más explícita?.
–¡Calma, calma! No, no puedo hijo, cuando termines tus estudios te contare todo; ahora perdona no puedo y un día lo entenderás. Bueno José, vete con tus amigos y no olvides mis advertencias déjalos con sus problemas, tu tienes que hacer lo que tu madre y tu tío siempre quisieron de ti un hombre de provecho y estoy seguro que un día terminaras perdonándolos. Y no olvides sobrino que ellos te siguieran siempre queriendo.
En la plaza no dejaba de llover y José no tuvo que salir de los sopórtales para ganar la cafetería del tío Gamuxo. Al entrar en la cafetería detrás del mostrador se hallaba la esposa de Antonio Gamuxo, una mujer voluminosa con la obesidad blanduzca y el cutis enfermizo que se produce al habituar el organismo a una continua oscuridad y la asfixia del tabaco y a su lado su hija Teresa sirviendo a los clientes sin dejar de observarle con gran simpatía.
– Bienvenido José y un abrazo pues mi esposa y yo así como mi hija Teresa no dejamos de mentarlo. ¡Pero cómo siempre esta usted tan ocupado con sus estudios!…
–¡Vaya, vaya! ¡Qué sorpresa!. ¡Cuánto me alegro de verlo dijo con una sonrisa y un beso sonoro la señora Matilde y fue en ese instante cuando notó en las dos mujeres cierta diferencia en el trato!. Después se agotó el repertorio de frases halagadoras y al sentirse perturbadas las dos mujeres sin saber que decir volvieron a sus quehaceres.
Todas los días y al anochecer se reunían allí los amigos de él y, en sus tertulias terminaron por crear un equipo de fútbol a si como un peña de seguidores del equipo provincial y mismo si el Gamuxo quiso impedir siempre los porros en su establecimiento le fue imposible llegar a controlarlo.
–¿Cuándo dejaran de fumar esa hierba, estos granujas?. Gritaba cada vez que salía del fondo del café el señor Gamuxo. – ¿Qué les habré hecho yo para que vengan a desacreditarme el establecimiento?. ¡Nada, un día tengo que sacarlos en medio de la plaza, ya que han están traicionado mi confianza!.
¡José, no pudo más que reírse de la forma que él arbitró como le llamaban al tío Gamuxo reñía a sus amigos!. Gamuxo, al ver como José reía, protesto de nuevo recordándole que él, guardaba buenas relaciones con ellos y que si no se cuidaba se perdería como ellos. –¡Vaya asco! ¡Como si este estudiante de poca monta hubiese asistido a cursos sobre la materia o conociera los problemas que estaba causando la dichosa droga!.– ¡José, vete al carallo, no me digas que tu aun vives en otro mundo!. Al fin, José, en vista de las continuas protestas de Gamuxo, decidió bajo la mirada, cariñosa de Teresa pasar a la sala donde se reunían sus amigos. Él sabia que Antonio Gamuxo le apreciaba como muchacho serio y estudioso pero, además, sabia que a José le tenían cierto respeto todos los jóvenes del equipo y eso le animaba a considerarle capaz de imponer cierta seriedad entre ellos.
Al entrar en la sala, saludo a todos, a la vez le alegro ver como la mayoría de sus amigos se levantaron para abrazarlo con gran simpatía y poco después la animación fue surgiendo de nuevo en la sala. Pero al fijarse en los rostros de sus amigos fue cuando reconoció que Gamuxo y su tía Inés, estaban lejos de saber en la situación calamitosa que se encontraban sus amigos. Estos en su mayoría se hallaban sentados en los cómodos sillones de la sala con los ojos perdidos en el techo como si se sintieran en el séptimo y eterno cielo o algo más allá de la gloria y mientras un olor pestoso a marihuana se extendía por la sala. Alguien le ofreció un canuto o un poco de “chocolate”, que era el argos que usaban ellos para denominar a estas drogas y a la vez se justificaba a legando que no hacia más mal que un simple cigarro. No obstante José, se negó en todo momento en aceptar dicho veneno.
Después se acerco su mejor amigo, que adormecía al fondo del salón y que no era otro que el hijo de Ramona la vecina de su abuela que le pregunto: –¿Eres tú, José?.
–Soy José, tu amigo. Su amigo como si buscara su voz, entreabrió los ojos y miró como si una sombra se cruzara sobre el techo, a la vez que como un autómata era incapaz de controlar los movimientos de su cabeza por encima de su hombro. Era como si la figura de su amigo José, aun difusa tardara en llegarle.
–¿Amigo Vicente, sabes que sé té esta muriendo de pena el corazón?. Debes de pensar más en ti. Té estas matando. Mi buen amigo, piensa más en tu situación.
–José, ya sé que vienes a contarme que Macarío murió de una sobre dosis, y que Juan Sánchez esta gravemente enfermo. Pero eso ya lo sé.
No te fijes tanto en los demás y no te apures por mí. PuesYo tengo guardado mi dolor en un sitio seguro y lo que deseo es que se apague mi corazón cuanto antes.
–¡Vicente he venido a ayudarte!.
–Entonces adiós José, dijo con desprecio Vicente. – No insistas, no te necesito. –¿Por qué Vicente no dejas que te ayude en tu desconsuelo?. Dijo José intentando protegerle con sus brazos, a lo que Vicente con un brusco gesto le rechazo. –«Vicente buen amigo no dejes que se te apague el corazón; sé fuerte y no permitas que la pereza te destruya. Después vio como su amigo se alejaba con paso torpe, en busca de un sitio más tranquilo de la semi-oscuridad de la sala, mientras una música repetitiva y sin ninguna armonía sin más le traspasaba los témpanos. A la vez un grupo reducido de jóvenes, con vulgar torpeza bailaba sin ritmo ni concierto, a la vez que sujetaban en la mano un vaso repleto de alcohol y en sus bruscos movimientos una bola de luz de todos los colos que giraba en el centro de la sala hacia de ellos continuos y absurdos gestos. Luego quiso acercarse a Lorena, la hermana de Vicente; pero tuvo que esperar al estar ésta bailando abrazada a un hombre mayor que ella, a la vez que observaba que apenas los dos eran incapaces de tenerse de pie.
Sé hacia imposible soportar aquel zumbido, pero por desgracia la música seguía tocando sin ritmo ni concierto y ante esta situación sentía que la cabeza le explotaba. Poco después vio que Lorena caminaba con los pies descalzos por el pasillo a la vez que se tambaleaba y hablaba sola. José aprovechó la ocasión y se acerco lo más posible para poder hablarlar en el oído, pero ella sacudió la cabeza y con una triste sonrisa le miró con cierto desprecio y le dijo: – Déjame tranquila que estoy cansada y tengo mucho sueño. Por todo esto con gran tristeza, José no pudo evitar que ella sin volver a levantar la cabeza se alejara cubriéndose la cara y sollozando.
José, quedo a la vez un instante meditando, con la cabeza caída y atento a su llamada; pero al ver que esto no sucedía, se acerco de nuevo y le dijo: – « ¡Hay, Lorena, lo preocupada que esta tu madre por ti y tú lo arreglas todo llorando!». No hubo contestación a sus consejos, y ante las circunstancias, cruzó la puerta de la sala y sin despedirse de nadie salió a respirar aire fresco a la calle.
José sintió el olor agradable de la humedad de la lluvia y se asomó por ver como por los canalones de los tejados apretaba su lluvia para después más tranquila buscar los sumideros de la calle. Luego siguió caminando bajo su paraguas y como la lluvia no arreciaba recordó cuando su abuelo le explicaba que dependía del lado que llegaban las nubes, que así se calculaba el tiempo que iba a seguir lloviendo.
Serian más de las tres de la madrugada, cuando llego a su casa. –¿Quién es? –Pregunto con voz soñolienta el abuelo.
–¡ Ricardo, es José tu nieto!. Su abuela Asunción se fue hacia la puerta de la cocina, para aparecer poco después con un par de huevos fritos con tomate y acercarse a él dijo: –Nos tenias preocupados por tu tardanza. ¿Dónde estuviste?. Pues vinieron a buscarte tres jóvenes y entre ellos, Vicenta la hija del veterinario.
–Abuela estuvo con tía Inés y después fui a ver a mis amigos a la cafetería y vengo desmoralizado. ¿Usted no sabe abuela lo que visto en esa cafetería?. ¿La verdad es que yo no me imaginaba en que estado se hallaban mis amigos?. Le aseguro que yo estaba dispuesto a ayudarles, pero tendré que dejarlos por que ya es demasiado tarde.
–¿Hijo que puedes hacer tu?. Ellos se lo han buscado y te aseguro que se les a podrido el alma.. ¿No es cierto?. ¿Y no me digas hijo que no es cierto?
José se despertó tarde, murmurando algo que formaba parte de la pesadilla que soñado había tenido. Su nueva situación le había creado, un exacerbada angustia que después de todo lo que le había ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas y seguía preguntándose que era exactamente lo que podía hacer: «¿Habría llegado a juzgar muy severamente a sus amigos?». Pero poco a poco se fue tranquilizando y comprendió que había tantas preguntas a sus respuestas que decidió dejarlas en el aire.
Al día siguiente se levanto tarde y como tenia por costumbre los domingos se dirigió sin prisa a la plaza que era donde se centraba todas las actividades del pueblo y una vez allí como siempre se acerco a la cafetería de Gamuxo que se hallaba hasta los topes. El aperitivo era algo que los españoles sobre todo los días de fiesta no perdonaban y por eso con tanta clientela los camareros realizaban su trabajo entre chillonas voces. Con cierto disimulo y después de una rápida mirada se dirigió hacia la barra donde se hallaba Teresa atendiendo la caja.
Tengo que reconocer que ese día Teresa con una blusa de manga corta y un escote tan pronunciado que hacia visible el principio de sus voluminosos senos estaba radiante. La verdad es que nunca había visto nada tan deslumbrante como la belleza de sus pechos. – ¡Hola Teresa, como veras ha parado la lluvia!. Teresa que había oído mal sus últimas palabras, se levantó e inclinó con cierta malicia su busto hacia él. ¡Qué buena actriz era Teresa, sabia de su poder de seducción!.
–¿No me podrías servir una copa?.
–¡Para ti José, yo tengo todo lo que me pidas! Y le sonrío de nuevo con esa sonrisa que recogía todo lo que había de bueno en su interior para a él. José apoyo sus codos en él mostrador y perdiendo de nuevo su vista entre el exuberante escote le dijo: –¡Pero en serio, no puedo creerte!. ¡Perdona Teresa, pero no he debido de entender!
–Eres un mirón, – exclamo divertida Teresa.
–Sólo estaba mirando tu blusa.
–¿Es que no te gusta?
–Claro que me gusta. ¡Eres una muchacha muy bonita!. ¿Pero porqué llevas tanto escote?.
–Mis amigas dicen que ahora en España somos más libres y hay que estar a la moda. Explicó humildemente ella.
–Es una materia que no voy a dominar nunca bien, sobre todo si se trata de la mujer que me gusta.
–¿No me digas José que estas celoso de que los hombres me miren?.
José sonrió torpe e incapaz de hacer frente a su pregunta, guardo silencio a su pregunta; pero al no poder prolongarlo más tiempo, sin pensarlo más le soltó todo lo que llevaba dentro.
–¡Teresa, estoy locamente enamorado de ti, por eso me he planteado ser tu novio!. ¿Qué piensas?.
A Teresa a la vez que se le ilumino el rostro, exclamo mientras se retocaba su peinado: –¡Caray! –¿No sabes cuanto tiempo llevaba esperando esta declaración de tu parte?.
–¿Que quieres decir con eso?.
–Pues lo que he dicho, que aceptó aunque a tus ojos parezca una joven muy moderna y excéntrica.
–La verdad Teresa, es que eres encantadora, al darme esta oportunidad.
Todo el mes de agosto, Teresa y José se vieron todas las noches, pero recuerda que una noche, se le apagó la voz hasta hundirse en su interior. Todo sucedió cuando sintió que se clavaba en su pecho el prieto sujetador que llevaba ella y ante tal situación ocurrió lo que tubo que ocurrir. Pues la tenia tan cerca que dudo en besarla con tanta intensidad que casi no podía respirar; pero ante la dulzura sus labios siguió besándola. El beso fue tan prolongado que ella se fue doblando más y más hacia él que se asusto. Es verdad que no era esto nuevo para él, ya había sentido la pasión del amor en más ocasiones; pero ahora se sentía ahogado y sumido entre amor e incertidumbre. ¿Qué maravilla es besar cuando sé esta enamorado, penso con respiración entrecortada?. Luego al sentir la respiración jadeante de Teresa en su hombro, no pudo por menos de y estrecharla más fuertemente a la vez que la beso de nuevo, para des pues preguntarse: «¿Era esta una invitación o una indicación de que estaba dispuesta a todo?».
Ante esta apurado situación que se había creado, él poseído por una irracionalidad masculina se dijo que tal vez era él que tendría que dar el siguiente paso ya mientras su corazón le continuaba latiendo fuertemente, ella seguía respirando sofocada. Es verdad que era difícil poder controlar tal situación que le arrastraba a cometer una locura de la que un día podría arrepentirse: « ¿Santo cielo debía de pensarlo antes de cometer una locura?. Él no podía hechor en saco roto los consejos de su tía y, además, después de lo que había visto en su cafetería sobre las contagiosas y graves enfermedades derivadas de las drogas o como mal menor un embarazo prematuro. Después también se acordó de su madre y intentar frenar sus impulsos y no pasar a los actos. –¿No, no podemos cometer una locura de la que tengamos más tarde que arrepentirnos?.
–¿Estas bromeando? Dijo Teresa, separándose bruscamente de él, al tiempo que intentaba relajarse: –Háblame de ti ahora. ¿Cuales son tus intenciones?.
–Teresa, Sólo tengo una y es convertirme en un buen abogado.
Fue al escuchar las palabras de José que Teresa se dio cuenta que José no bromeaba que forzó una sonrisa.
–Me parece muy bien. ¿Pero y yo que cuento para ti Nada o un simple pasa tiempo?.
–No, no es eso. Pero si te pido que seamos prudentes. Al parecer son los hombres siempre más impulsivos que las mujeres, pero te pido Teresa que esperemos el momento en que mi situación sea mejor.
–¡José, me parece que tu no eres sólo prudente sino que tienes miedo de mi vida privada, también té falta confianza y eso me da mucha pena!. No, no hay necesidad de comprometer tu salud ni tu carrera y como creo que hablas en serio y tienes miedo dejemos las cosas como están. Después Teresa rompió a llorar y se fue alejando por el camino hasta perderse entre follaje de la alameda.
«Pobre de ella. Se ha de haber sentido incomprendida y abandonada», se dijo luego José, al ver en el estado en que Teresa le había abandonado. «Nos hicimos la promesa de querernos mucho y a la primera dificultad, se acabo todo». Teresa era tan bonita, tan, digamos hermosa, que el no hacerla suya; no era más que la justificada causa que llevo a su madre a la irreparable situación en la que él se encontraba.
Él imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de su madre y de la nostalgia de sus abrazos y suspiros. Siempre la recordaba por sus continuos suspiros, por un hombre que nunca quiso dar su nombre. «¿Quién será?» Volvió a preguntarse, mientras un rencor vivo iba ganado de nuevo sus sentimientos. ¡Qué pena sentía, al recordar a su madre!. Siempre guardaba en el bolso de su camisa junto a su corazón la única fotografía de ella, que un día les robo a sus abuelos escondida en un armario y desde entonces la guarda como su mayor tesoro.
Después, se dio la vuelta y acelero el paso al percibir que una lluvia fina le calaba la piel, además, sólo quedaba él en la oscuridad de la noche el fino ruido de la lluvia que había terminado silenciando el murmullo de los grillos. Sin prisa, y calado hasta los huesos no quiso volver al pueblo y dirigió a su casa. –¿Qué esta haciendo abuela?. –¿Parece que esta usted rezando?.
–No, hijo, solamente estaba viendo llover. Su abuela le miró con aquellos ojos grises y apagados y como queriendo adivinar lo que había dentro de él. –¿Qué té pasa José? Tu cuerpo esta mojado como si hubieras abrazado la lluvia.
–Abuela, vengo triste y no sé quien puede ayudarme?.
–¡Bueno José, te diré que yo sólo puedo consolarte momentáneamente, pero en tus amoríos eres tú el único que puedes solucionarlo!. –¿Hijo, que puedo hacer yo más que rezarte un rosario?.
Por la noche siguió lloviendo y sin poder dormir entretuvo su tristeza mirando caer la lluvia y los continuos relámpagos que iluminaban su cuarto y suspirando su tristeza terminó por oír una tras otra las horas del reloj de la iglesia. Hasta que por fin, la madrugada fue apagando sus recuerdos y sé quedó dormido.
Días después, por fin le llegaron los documentos para su admisión en la Universidad de Madrid y su fecha de presentación seria el 22 de septiembre. Una semana apenas le quedaba para preparar su viaje y por eso decidió ante todo despedirse de la familia y amigos. Las ocho de la noche serían cuando salió, para hacer la visita prometida a su tía Inés; pero como tenía que ir a la Plaza Mayor, aprovecharía también para despedirse de sus amigos en la cafetería de Gamuxo.
Al llegar a los sopórtales de la plaza le sorprendió un importante grupo de chiquillos creando un ensordecedor e insoportable griterío. Eran los hijos de su tía, los cuatro hijos de Ádega la buñolera y los de Marujita Buciños la mujer de Ricardo el aguacil. ¿De dónde habían salidos aquellos niños?. Pero reconoció que eran la alegría y el estorbo del barrio a través de sus gamberradas cada vez más sonadas. Algunos llevaban entre sus labios, un cilindro de plástico imitando un cigarro encendido y en aquel murmullo ensordecedor dos chiquillos se le abrazaron al cuello para decirle: ¡Hola tío, somos tus sobrinos aunque no nos hallas reconocido!. Con cierta alegría José quedo recopilando los años que separaban a sus sobrinos y admitió que no les había reconocido aunque si con cierta que le causo alegría él volver a verlos así como sus actitudes abiertas y los tanteos de su fiereza.
El comedor de su tía Inés se hallaba situado al poniente, por eso estaba caldeado como un horno y en el se hallaba su tía Inés y una señora mayor que hilvanaban junto a la mesa a la vez que charlaban en voz alta a causa de la sordera avanzada de la señora en cuestión. Su tía al verle se levanto y la señora sorprendida por su presencia dejo también la costura. ¡Hombre! Dijo sonriendo su tía Inés sin dejar de abrazarle… – ¡ Mire doña Vilariño es mi sobrino José, el hijo de mi hermana Margarita!.
¡Cuanta ternura brilló en los ojos de su tía al mirarlo, a la vez que él, la acariciaba con los suyos ya que siempre fue para él como una madre!.
Turbado por la presencia y las continuas frases de ternura de doña Vilariño y a quien poco conocía José termino por no separar sus labios. A la vez que la miraba con la mima atención que se asemeja a la estupidez. Por último con esperanza de que cesaran sus besuqueos la dijo: ¡señora…no me bese más, que no soy tan santo!. Después más tranquilo, disimuló observando el reloj de pared que era más viejo que el tiempo, pues su mecanismo parecía no tener más misión que ahuyentar las gordas y atrevidas moscas que se hacían cada vez más pesadas. Por lo contrario de las paredes colgaban cuadros modernos adquiridos sin la menor duda abajo precio en algún mercado, así como retratos de sus tíos, hijos y de sus abuelos. Aunque no llegaba a comprender por qué no había ninguno de su madre, ni aquí ni en su casa de sus abuelos. Luego, volvió la vista para observar de nuevo a la señora Vilariño, que no tardó en preguntar a su tía por su hermana Margarita.
–¿Inés sabes que sigo inquieta por lo que sucedió con tu hermana Margarita?
¿Señora, me puede decir por que pregunta ahora por mi hermana?
–¡No por nada, por simple curiosidad!
–Señora cuidado con lo que habla y le aconsejo que no haga ningún mal comentario sobre lo que ocurrió con mi hermana.
–Yo te juro Inés que no quería ser imprudente contigo. Dijo ella con los ojos húmedos por las lágrimas, a lo que después su tía ya más tranquila la miró con pena para decirla: –“Tonta”, no ha sido para tanto. Las mujeres lloramos por cualquier cosa, pero le pido que no vuelva a tocar el tema y tu José por favor siéntate aquí hasta que venga tu tío.
Su tío llegó a su casa como todos los días pasadas las nueve de la noche, fatigado, triste y pensativo. Al entrar le abrazó sin fuerza y soltando el bolso que llevaba la comida al trabajo, apoyó los codos en la mesa del comedor y se limitó a pedir que le sirvieran la cena. Para su tío, la sola ilusión existente, era el Deportivo de la Coruña su equipo de fútbol preferido y su único gozó era cuando ganaba su equipo y la bebida. Era el prototipo de hombre perfecto de la miseria disimulada. Después, José siguió por intervalos paseando su mirada por la mesa, en espera de una pregunta por parte de su tío que no llegaba; hasta que media hora después de llevar sentado, observó que se había producido un cambio perceptible entre sus tíos, ya que de pronto dejaron de hablar y esto a él le pareció como si se sintieran a disgusto con su presencia.
Luego José respiró hondo hizo un esfuerzo y dirigiéndose a su tía con el fin de lograr abrir de nuevo la conversación les dijo: –Resulta…–Bueno tíos, esta parte del verano llega a su fin y la semana que viene saldré para Madrid ya que ha sido aceptado mi ingreso en la Universidad y es por eso que vengo a despedirme de Uds.
–Me alegro de que todo vaya saliendo bien y, además, haces muy bien en tocar el asunto, porque Adolfito Mazo, el hijo de Merexildo el constructor, también ingresa en la universidad de Madrid. ¿Te debes acordar de él, dado que fue al liceo contigo y más tarde siguió sus estudios en la universidad de Santiago? ¿Por qué no vas a verle? ¡Tal vez pudierais llegar a un acuerdo en lo del viaje!.
Al entrar en el café restaurante de Gamuxo, uno de pronto se halla en la mayor penumbra al estar cargado el local del humo del tabaco y de los refritos de las sabrosas comidas que llegaban de la cocina. La primera mirada de José fue directa al mostrador en busca de Teresa y no fue difícil encontrarla ya que acaparaba la mirada de todos por su belleza. Teresa no tardo en darle las gracias por su visita con esa sonrisa radiante de reconocimiento que la caracterizaba.
Durante un buen rato estuvo encantadora y muy atenta con él, pero cuando le dijo que venia a despedirse de ella porqué marchaba a Madrid; paso a dejar de ser graciosa y a ser mordaz, para finalmente reprocharle que había desbaratado con su triste noticia todos sus planes. –¿De verdad me quieres tanto?. Pregunto José.
–¡No sabes cuánto! ¡Te deseo terriblemente! Mira vámonos ahora mismo a mi cuarto y te lo demostrare. José dejó escapar un pequeño suspiro entrecortado, y mismo si no pudo bien entender lo que le había dicho los gesto y el tono eran suficientes para llegarle la vibración de aquel enamorado gestó. Nunca le había pasado esto y su declaración le causaba tanta emoción y tan honda que reconocía que nunca hasta ahora lo había sentido.
No cabe la menor duda que era la mujer más bonita y atractiva que había conocido nunca. –¡Teresa, yo también te deseo, pero no puede dar ese paso ya que los recuerdos de mi madre me lo impidieron y todo porque tú para mí no eres una mujer como las otras!.
–¡Eres muy romántico José!. –¿Pero que puedo yo esperar de todo esto?.
–Teresa, tú lo sabes bien. –respondió él con expresión grave.
Teresa, sin esperar la respuesta, miró fija a los ojos de José y recogiendo sus manos entre las suyas le dijo: – ¿No sé si podré esperar tu vuelta, sin hacer una locura y buscarte por todo Madrid?. ¿Crees tú que es eso lo que debería de hacer?. ¿Pero por favor te lo suplicó? Mientras tanto, no se te olvide escríbeme todos lodos días.
Si importarla la mirada atenta de los clientes, ella se puso a llorar en silencio, y ante tal situación José separó sus manos de ella y sin decirse nada se fue alejando hacia el fondo del establecimiento con el fin de despedir a sus amigos. No sin antes observar de reojo como a Teresa la era difícil contener su amargó llanto y por eso abandono el mostrador entre sollozos como podría ocurrir a toda mujer realmente enamorada.
CAPÌTULO IV
Adolfito que era como todos le llamaban, no puso ninguna objeción de hacer juntos el viaje a Madrid en su automóvil. Se conocían desde niños, y desde entonces Adolfo no había cambiado, seguía siendo un joven extravertido y de una simpatía contagiosa. Reconocía era buena persona, como también su entusiasmo y las ansias de vivir, que se manifestaban en él con extraordinaria fuerza; pues vivía una juventud apasionada debida a su buena fortuna. “O la de su padre como él bien decía”.
A las ocho de la tarde entraron por el autovía de la Coruña, para después dirigirse por Puerta de Hierro a la Ciudad Universitaria. Pero al irse acercando acercando a la capital y por ser domingo la circulación iba creciendo hasta terminar provocando largos atascos. No obstante reconocía que el tiempo era hermoso, una tarde primorosa de finales de verano y don al ir acabándose la tarde el sol poco a poco iba oscureciendo su cielo azul.
Al llegar reconoce que fue Adolfito el que le ayudó a gestionar todos los pormenores de su admisión en la portería de la residencia universitaria, luego se despidió con la promesa de seguir siendo buenos amigos y le dio las señas de sus tíos en la calle Fuencarral que era donde él se hospedaría. –¡Adiós compañero y nos veremos en las aulas!.
Días después todo entró en orden y la verdad es que se sentía satisfecho de su nueva situación. No podía quejarse de la residencia: la comida era buena, la habitación amplia y limpia y una gran cordialidad reinaba entre los alumnos.
Pasaron varios meses sin que sufriese grandes alteraciones en su monótona vida que no fuera el roce de los codos de su chaqueta contra la mesa que le serbia para estudiar en su holgada habitación en la universidad. Era natural que fuese así, ya que se había hecho la idea que sus estudios eran lo más importante por el momento en su vida y lo único que le tranquilizaba. Era como si el tiempo que le quedaba para terminar su carrera, estaba marcado en rojo en su calendario, y si todo iba bien, apenas le quedarían dos años más y ese día sería el hombre más feliz de este mundo.
Bien se acordaba de Teresa, y de los días pasados con ella así como de sus besos y sus continuos alegres paseos y si es verdad que sus caricias habían sido tristes, desesperadas y algo semejante al desconsuelo. Ella le faltaba, y apesadumbrado se dirigió al amplio ventanal de su habitación, para observar los primeros copos de nieve del invierno que caían con insistencia sobre la vaguada del Manzanares. Pero después al observar atentamente el cielo gris cubierto de nubes, se irritó a un más ante su cada vez más exasperado amor por Teresa y su tristeza se hizo cada vez más insoportable al divisar que el horizonte se oscurecía impidiéndole ver con claridad la nevada y hermosa sierra de Nava-Cerrada.
Era raro el día que Adolfito Mazo, no le hablará de su don juanescas aventuras de las noches que pasaba con sus amigotes en este bullicioso Madrid que él llamaba “la Movida Madrileña” y de la que el siempre había huido. Bastaba con recordar su pasado y detenerse en los años de su infancia sin madre y sin más consuelo que el amor de sus abuelos. Estaba condenado a sufrir dado que su memoria siempre le hablaba de su existencia anterior; recuerdos que eran siempre confusos y disgregados en turbias lagunas.
Ante la insistencia de su amigo de pasar la Noche Buena con sus tíos, José terminó por aceptar y como él no conocía bien Madrid le pidió que lo llevara. Jacinto Mazo y Margarita Ridruejo, los tíos de Adolfito se sentían madrileños de pura cepa dado que él, a sus dieciocho años emigró a Madrid y las cosas le fueron bien.
Ese día también conoció a Rita, que era como la llamaba Adolfito a su ultima conquista. Rita era una muchacha alta y bien hecha, con las carnes muy blancas, el cabello negro, los ojos más bien verdes, aunque más bien pequeños y feos; Pero a la vez tenia un carácter resentido, mordaz, despechado, practico y egoísta. Al parecer su padre tenia un negocio de alquiler de vestuarios, lo que le permitía en muchas ocasiones vestir con cierta extravagancia y esto la llevaba a veces hasta la pura bobería. “La Rita” trataba de casarse con él, pero sin demasiadas esperanzas de conseguirlo, dado el carácter alegre y despreocupado de su amigo.
Anastasio el padre de Rita y el tío de Adolfito, eran amigos de siempre y a su juicio era más estúpido que su hija aunque según todos era todo un experto en política. Pero la verdad es que era un pesado que sólo tenia en la cabeza conseguir doctrinar a todo aquel que tenia la paciencia de escucharle. Pero admite que hubo momentos en que estuvo por decirle claramente que él tenia las mismas ideas de sociedad que cualquier oportunista faccioso y sin haber sido renovadas por los últimos acontecimientos que se desarrollaban en la España “pro-franquista”. No obstante al no haber nadie que tratara de sugerirle, terminó por aguarlos a todos la sobre mesa. Además, el padre Rita era un hombre barrigudo, de estatura más bien baja, calvo y sin faltarle el clásico bigote fascista. A la vez su nariz aguileña y su torcida boca que parecía sonreír en continua falsedad le hacia más desagradable todavía su feo rostro. A la vez Rita y su madre que estaban sentadas frente a él, terminaron por crearle una situación embarazosa por sus continuas miradas y preguntas sobre su persona
Durante toda la cena, Elvira la mujer de Anastasio y madre de Rita, no abrió la boca y casi no toco la comida no le quito el ojo de encima. Su mirada penetrante y grave, le hizo enrojecer en varias ocasiones y por ese motivo no tuvo coraje de protestar cuando el pesado de su marido no decía más que estupideces. Pero la verdad es que no hubiera servido de nada, porque en realidad no era más que un engreído pequeño burgués, sin más cultura que la asimilada por el adoctrinamiento del régimen franquista. No obstante fue después que comprendió que estaba medio borracho como la mayoría de los barones el día de noche buena. En aquel momento reconoce que tuvo compasión de él, aunque con los años comprendió él porque todos ellos se cebaban políticamente en su persona como también aquellas miradas penetrantes y burlonas hacia él.
El silencio estuvo un buen rato en la sala y fue cuando comprendió que todos esperaban de él una respuesta a las continuas insinuaciones políticas que el energúmeno del padre de Rita repetía. La verdad es que no se sentía cansado de sus insinuaciones, lo que sí quería saber era el porqué de sus ataques políticos hacia su familia. Pero fue más tarde que comenzó a comprender que tanta insinuación estaba relacionado a que su madre tuvo que ver con los últimos acontecimientos políticos de la España Franquista.
–¿ Hijo en qué piensas? ¿Por qué pones esa cara?…
–Estoy cansado qué todo el mundo me mienta y, además, me siento incapaz de guardar rencor a nadie. Pero reconocía que no era verdad ya que aquel misterio sobre su madre le iba poco a poco calando hasta el alma.
–¡Vamos, vamos! – Dijo Margarita la tía de Alfonsito, que parecía ante sus ojos más simpática y humana.
–¿Qué necesidad un día como hoy de llegar a esta situación?.
–Perdòneme, pero a veces me parece imposible, seguir sin saber nada sobre mi madre. «De ella sólo supe que tenia unas ideas precisas sobre los curas y la religión; pues según mis abuelos decía que eran cosas muy bonitas, pero que los ricos seguían siendo ricos y los pobres seguían siendo pobres». José dijo esto con un tono particular, como dando a entender que la conversación había sido en todo momento molesta para él, y mismo si alguno pensaba que él había perdido la cabeza, decidió no sonreír, mirarles fijo los ojos y decirles: – «Se ve que los nuevos ricos de ahora saben mejor rezar que los pobres de siempre».
Él pensaba que su madre llevaba razón sobre la religión, pese a que él sabia que había sido antes muy practicante. No obstante como todo le había ido en los últimos años tan mal que la adversidad la había cambiado sus ideas y, además, estaba convencido que su madre era una rebelde con causa
Para él, estos nuevos ricos hablaban así de la situación política, sobre todo después de una noche copiosa de vino. Pero no cabe la menor duda que ignoraban todo lo concerniente de la horrible represión que el régimen había ocasionado a lo largo de los cuarenta años de lucha antifascista. Es verdad que cuarenta y siete años después de iniciarse la más feroz guerra civil española, y a los nueve meses justos de la muerte del dictador victorioso que durante casi medio siglo mantuvo al país sometido a su absoluto dictado personal. Por fin las dos Españas se pusieron de acuerdo y fueron capaces de hablar entre ellas sin puñales ni venganzas.
Por primera vez se diría que el lentisimo deshielo de las brutales pasiones surgidas por la contienda civil había llegado su termino. Por fin empezaba a dar los frutos la posible concordia nacional y vencedores y vencidos, gobierno y oposición hizo posible la concordia. Los unos salieron de las cárceles y los otros arriaron la insoportable soberbia del vencedor. Pero para estos energúmenos cargados de alcohol, les era difícil hablar después de cuarenta y siete años de dictadura de la “reconciliacion-nacional”. Y además por eso los muy cerdos, continuaban entonando canciones bélicas y silenciando los fusilamientos y el exilio y cárceles de los otros.
Nostálgicos y desorientados del franquismo, eran estos fachorras, que todos los años desde que murió Franco asistían a todas las manifestaciones organizadas por los leales y nostálgicos en la plaza de Oriente y estaba seguro que se preguntaban: « ¿Por qué y cómo el cambio se ha producido sin contar con ellos?». José los imaginaba, vestidos de azul oscuro, gritando en la Plaza de Oriente «¡Traidores! ¡Traidores!». «¡Las cosas no ocurren porqué sí!».
Después el padre de Rita, intento sin conseguirlo apoyarse en los hombros del tío de su amigo que a la vez también apenas se mantenía de pie: – «¡Traidores! ¡Ingratos!». Siguieron chillando los embriagados energúmenos hasta que el padre de Rita, mando callar a Jacinto a la vez que le dijo: –«Ya te dije hace tiempo que el Caudillo era irremplazable y que fue un regalo de Dios, porque con su ayuda España se libero de la Internacional Marxista».
Con gran dificultad la madre de Rita, consiguió sujetar a su marido que con voz gangosa, seguía repitiendo a su amigo Jacinto: – «La muerte del almirante Carrero Blanco fue, sin querer, la obra maestra de sus asesinos, pues sin él la situación política en España giró 180° grados; ya que Carrero Blanco estaba llamado a ser el puente en la sucesión».
–¡Compadre!. Dijo Jacinto cortándole la palabra a su amigo, a la vez que se recostaba en los hombros de su mujer que sentada en la mesa, seguía con indiferencia los cantes y frases entrecortadas de su marido.
–Por ultimo, querido amigo diré que no fuimos capaces de propiciar un frente común franquista, en las fechas que Blas Piñar, Giron y Reimundo Fernàndez-Cuesta arengaban en Fuerza Nueva y como también Mariano Sánchez Civisa jefe de los Cristos Rey que declaraba la necesidad de la unión mismo si había que usar la fuerza de nuevo. –« ¡Margarita, saca del armario la Cruz de Hierro, medalla que me entregó el Gobierno Alemán por mi heroica conducta en la División Azul!»
José, no pudo por menos que sonreír al ver como el tío de Alfonsito intentaba con gestos provocativos enseñarnos su medalla, para después, con el brazo en alto cantar él “Cara al Sol” – ( el himno de la falange). A la que vez sus mujeres asustadas les pedían que se callaran por miedo a las posibles denuncias de los vecinos.
– «Sí Margarita, me callare - las cosas han cambiado ha peor»…
Dada la circunstancia y tras un momento de reflexión, José esta vez le pareció que debía de intervenir y responder mismo si su amigo le hacia señas con la cabeza para que no lo hiciera. No, no podía más y en aquel momento; quiso hacerles comprender que él no era indiferente a las continuas provocaciones contra él y su familia.
–«¡Vivan los rojos!». –«¡Viva la Reconciliación Nacional!». Que puso en practica todas las corrientes políticas democráticas en el comunicado de siete condiciones que elaboro la reforma. –«¡Vivan los rojos!»: maoístas, comunistas, anarquistas, socialistas, sindicalistas de izquierda, demócratas cristianos, liberales, socialdemócratas y grupos nacionalistas, que fueron capaces de ponerse de acuerdo en un documento tan sereno, tan realista y tan realizable; que permitió a España respirar optimismo por una vez. Y sepan ustedes, que en esa problemática transformación política de nuestro país hacia la democracia, pienso que fue decisiva la contribución aportada por los “llamados rojos” en su pensamiento profundo humanista y liberal, un pensamiento critico hacia las radicales posturas de la anterior sociedad totalitaria y fascista. –Señores, ustedes no saben lo hermoso que es la libertad, dado sus sentimientos conservadores y yo les pregunto: – Porque no son ustedes más inteligentes y hacen como el camaleón de Fraga Iribarne, nuestro paisano que a creado el Partido Popular(P.P.), un partido de ultra derecha capaz de organizar un fascismo camuflado.
–¡Claro! Dijo con una rabia sorprenden, el padre de Rita. Ustedes lo que quieren es libertinaje como esos que pregonan la “Movida Madrileña” y que solo son una banda de mari… como Almodobar y compañía. –¡Pero se equivocan todos ellos nosotros, los patriotas, no permitiremos sus demadreos!.
José, no tardó en levantarse al comprender que la situación era insostenible y observar como todos guardaban un silencio sepulcral a la vez que le miraban con ojos fríos y desorbitados termino diciendo: –Quería decirles todavía algo. –¡Ya no puedo más!. –Quiero que sepan que si mi madre por lo que dicen fue una roja… –sus motivos tendría…
Después la madre de Rita, rompió el silencio alegando con una ironía que le pareció llegar hasta el fondo de su corazón. –Se ve que tienes mucha necesidad de tu madre.
–Sí, señora.
–Pues quiero decirte todavía algo más. ¿Té as preguntado alguna vez, porque tu madre te abandonó y siempre te ocultaron el nombre de tu padre?. –Bueno, de todos modos, es tu madre y madre sola hay una… –Obra según tu conciencia?.
La señora dijo estas palabras en un tono tan particular, que José comprendió que la velada había acabado y con voz apagada la dijo: –«Gracias señora por sus amable palabras» y, sin sonreír la miro con desprecia a la cara y con voz entre cortada le pidió a su amigo que lo acompañara a la residencia.
Durante el regreso no hablaron ninguno de los dos, pese a que Alfonsito a la vez que conducía el automóvil continuaba afligido y mirándole de reojo. La verdad es que el silencio no le molestaba porque sentía que su amigo no compartía para nada las ideas de sus familiares y amigos. Por eso quiso demostrarle su agradecimiento por su invitación y decidió hablarle no sin antes respirar con placer el viento frió que soplaba en la cara - a través de la ventanilla abierta del automóvil.
Después su amigo al despedirse, le cogió por el brazo y le dijo en tono de conversación confidencial y apacible: –Se ve que no conoces bien a la gente mayor y por eso te disgustas con ellos. –Pero la verdad es que no ven más allá de sus propios intereses. –Tú debes comprender… y si estas preocupado por lo de tu madre, debes de obligar a tu familia a que te diga la verdad y quedaras para siempre más tranquilo…. –Pues ni los amigos de mis tíos, ni ellos saben más que los rumores que corren por el pueblo.
–Estoy cansado de verdad. – Pero estimado amigo, si supieras el sentimiento que experimento en todo momento por ella: – un sentimiento de complicidad y de ternura, un sentimiento que va más allá del normal cariño de un hijo por una madre. – ¿No sé si seré capaz de esperar a terminar mi carrera, ya estoy cansado de tanta mala lengua e insinuaciones continuas?. – ¡Yo la buscare, porqué la quiero y soy un hombre cumple su palabra!.
CAPÌTULO V
_________________ Amar y ser amado
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